
Tiempo ha me dio por bajar cantidades ingentes de cine marica no pornográfico (o, por lo menos, no exclusivamente X, como, verbigracia, las obras de Bruce Labruce) que, por mi pereza y escasa cinefilia, se acumulaban de mala manera en el disco duro. Por suerte, en estos domingos oficiosos, en los que uno recibe visitas o termina llevando a los amigos a la madriguera, siempre resultan muy socorridas para pegarse una sesión audiovisual en grupo, ya que, como en no pocas ocasiones, las películas de dicho género suelen ser auténticas bazofias, uno puede echarse, o bien unas risas, o bien unos buenos chorrazos de bilis en petit comité, que saben menos mal.
En el caso de Garçon Estupide, el veredicto se ha decantado, claramente, por lo segundo: una auténtica basura que, por carecer, además de argumento alguno, nos muestra escenas de una sordidez -he aquí su principal reclamo- infantil, por no decir, absurda; desnudos y primeros planos (de feos cuerpos y apéndices) enmarcados en coitos propios del destape.
Porque, si en un principio, todo apuntaba a una narración oral del mundo del cruising, idea, aunque algo manida, ciertamente interesante, el filme de Lionel Baier se descubre, a la media hora, como una oda al subnormal contemporaneísimo, de extrarradio, lumpen, ignorante y, como la Juani de Bigas Luna, pretencioso (adjetivo igualmente aplicable al director) que, con el característico descoco del deficiente mental, no duda en arrastrar hacia su estado de mediocridad a todo aquel que se le cruza por delante: ora la tarada de su mariliendre, ora un futbolista de tercera regional con vistas a dar el gran salto, ora un Duque de Feria con ínfulas de psicoanalista.
¿Moraleja o conclusión? Tras hora y media de visionado, ésta no es dada de un modo explícito, pues de semejante galimatías sin pies ni cabeza, a lo sumo, podría sacarse una orden de alejamiento de las cámaras de video, pero el avispado espectador fácilmente caerá (a menos que se trate de un patán como el protagonista) en que ante el mongólico irreversible es mejor mantenerse alejado de éste o, cuando no hay alternativa, gastar mano dura y no compasión.
Bueno, y también que bodrios como éste justifican con creces la descarga de películas y el recelo ante trailers en los que la carne es el elemento principal.
En el caso de Garçon Estupide, el veredicto se ha decantado, claramente, por lo segundo: una auténtica basura que, por carecer, además de argumento alguno, nos muestra escenas de una sordidez -he aquí su principal reclamo- infantil, por no decir, absurda; desnudos y primeros planos (de feos cuerpos y apéndices) enmarcados en coitos propios del destape.
Porque, si en un principio, todo apuntaba a una narración oral del mundo del cruising, idea, aunque algo manida, ciertamente interesante, el filme de Lionel Baier se descubre, a la media hora, como una oda al subnormal contemporaneísimo, de extrarradio, lumpen, ignorante y, como la Juani de Bigas Luna, pretencioso (adjetivo igualmente aplicable al director) que, con el característico descoco del deficiente mental, no duda en arrastrar hacia su estado de mediocridad a todo aquel que se le cruza por delante: ora la tarada de su mariliendre, ora un futbolista de tercera regional con vistas a dar el gran salto, ora un Duque de Feria con ínfulas de psicoanalista.
¿Moraleja o conclusión? Tras hora y media de visionado, ésta no es dada de un modo explícito, pues de semejante galimatías sin pies ni cabeza, a lo sumo, podría sacarse una orden de alejamiento de las cámaras de video, pero el avispado espectador fácilmente caerá (a menos que se trate de un patán como el protagonista) en que ante el mongólico irreversible es mejor mantenerse alejado de éste o, cuando no hay alternativa, gastar mano dura y no compasión.
Bueno, y también que bodrios como éste justifican con creces la descarga de películas y el recelo ante trailers en los que la carne es el elemento principal.














